viernes, 23 de enero de 2009

CÓMO VER EL LADO POSITIVO


Ayer me pusieron una multa. Llevaba toda la semana planeando la noche en la que finalmente iba a salir con mis amigas a cenar y a ver a un músico que me encanta y cuando estaba llegando, yo, que nunca me salto ningún semáforo, aceleré cuando vi que estaba naranja y en cuanto me di cuenta ya tenía un policía con las luces detrás de mí. Total, la broma me va a salir por unos 400 dólares más la escuela de tráfico a la que tendré que ir.
Por supuesto que poco pude disfrutar la noche y cuando llegué a casa no dejaba de torturarme. Así que esta mañana me he propuesto encontrar el lado bueno a lo de la multa.
Y me quedo en blanco… hasta que pensando y pensando se me ocurre que esto me tiene que servir como aprendizaje, no de que no me tenga que saltar más semáforos, ya que paro en naranja el 99% de las veces, (a partir de ahora el 100%) sino como ejercicio para dejar de martirizarme.
En las dos últimas semanas tres personas distintas que no tienen nada que ver entre ellas me han comentado que soy muy dura conmigo misma. Así que ahora sí que tengo una verdadera razón para martirizarme y un ejercicio perfecto para transformar mis pensamientos. Tengo que hablarme como si fuera mi amiga, no mi enemiga.
Primero, en vez de pensar qué idiota, porqué aceleré, tengo que pensar que tengo que aprender a salir antes de casa para no ir con prisas (otro aprendizaje) y que menos mal que eso no lo hago casi nunca, si no, me hubieran puesto la multa mucho antes.
Luego, ¿qué más me diría si fuera mi amiga? Me diría que no es tan grave, que eso le pasa a mucha gente y son gastos imprevistos que ya veré cómo lo pago cuando llegue el momento y que no por darle tantas vueltas va mejorar la cosa. Recurriría a mi frase favorita de toda la historia del cine “ya pensaré en eso mañana” (Scarlett O'Hara).
Luego si estuviera con una amiga me reiría de cómo nos persiguió el policía a velocidad de tortuga porque no había sitio para parar y yo no quería infringir otra ley y parar en el carril-bus. Así que otra cosa que tengo que aprender a hacer es buscarle el punto de humor al asunto.
Ya me siento muchísimo mejor, y esto es la prueba de que escribir las cosas tiene un poder curativo enorme, porque cuando comencé este texto estaba totalmente amargada y ahora me parece una cosa casi anecdótica. Ahora puedo ver que el lado bueno es que lo que me ha pasado me ha servido para observar una tendencia que no me gusta de mí, que es lo de autocriticarme y ser dura conmigo misma, cuando eso no lo hago con nadie más (menos mal).
Con esto, el ejercicio que propongo cuando no logremos ver a una cosa el lado positivo es pensar no en lo que nos ha pasado, sino en nuestra reacción ¿Qué nos está enseñando sobre nosotros mismos nuestra reacción? ¿Qué nos gustaría cambiar de esa reacción? ¿Nos estamos tratando con el respeto que merecemos y con el que trataríamos a nuestro mejor amigo? Prueba a escribir lo que te pasa.

jueves, 22 de enero de 2009

La zona de confort


La primera vez que leí la expresión “zona de confort” fue en un libro de Paulo Coelho, llamado El Zahir, y me encantó. Desde entonces he oído mucho esa expresión y he tratado de extender esa “zona de confort” en la que todos terminamos cómodamente instalados. Lo malo es que si seguimos en esta zona no crecemos ni nos expandimos.
Extender la zona de confort resulta mucho más difícil de lo que parece ya que a nadie el gusta estar incómodo pudiendo no estarlo. Pero para mejorar siempre hay que salir de esa zona, si no, no existe la evolución. Y para romperla con efectividad hay que identificarla primero. ¿Cuál sería mi zona de confort en cada área?
Con frecuencia no nos paramos a identificar las zonas porque no queremos verlas, no creemos que estemos en una zona de confort cuando en realidad sí estamos. Ya identificándolo nos sentimos incómodos.
Por ejemplo, un trabajo que nos disgusta. En principio no tiene nada de confort, y sin embargo lo toleramos sin darnos cuenta que lo que verdaderamente significa salir de la zona es romper los miedos. Todo aquello que toleramos y nos disgusta lo toleramos precisamente por miedo a romper la zona de confort, por miedo a entrar en lo desconocido. Vemos mucha gente que se queja del trabajo, pero, ¿por qué no lo dejan? Porque eso sería salir de la zona de confort.
El “más vale malo conocido que bueno por conocer” es un refrán demasiado arraigado en nuestro inconsciente y nos paraliza a la hora de dar el salto. Pasa lo mismo con muchas parejas, uno se queja del otro, y sin embargo no se dejan. Quejarse es mucho más cómodo.
Y por ello precisamente, cuando nos despiden o la pareja nos abandona, lo que parece una desgracia originalmente es siempre un empujón de la vida fuera de la zona de confort y lo podemos convertir en una oportunidad para crecer.
Para ir practicando cómo salir de la zona de confort hay un ejercicio buenísimo, es hacer algo que nos haga salir de nuestra zona de confort diariamente. Por ejemplo. Pedir un aumento de sueldo. ¿Nos da un escalofrío sólo de pensarlo? Siempre se puede empezar por algo más fácil, como ponerte un gorro que te encante pero te dé vergüenza, incluso cambiar una rutina supone salir de la zona de confort. Atreverse a hacer algo que nos dé miedo. Psicológicamente, si cada día rompemos la rutina o nos atrevemos a hacer algo nuevo, poco a poco estaremos ampliando esa zona de confort que tanto nos limita.